No hablaba, pero sus labios parecían murmurar algo, como si le contara un secreto solo para él.
El silencio en la sala se volvió espeso.
Todos podían oír el tic-tac del reloj y el leve crujir de la madera del ataúd.

De pronto, un olor extraño empezó a sentirse, no era el típico aroma de flores marchitas o incienso, sino algo más dulce, casi como el perfume que Julián solía usar en vida.
La abuela dio un paso atrás, con la mano en el pecho.
—Es él… —susurró.
Algunos intentaron encender las luces más fuertes, pero la lámpara parpadeó y la habitación quedó en una penumbra extraña.
En ese momento, el brazo de Julián se movió un poco más, hasta rodear por completo a Camila.
Ella cerró los ojos y suspiró, como si finalmente estuviera donde quería estar.
La madre gritó su nombre, pero la niña no respondió.
La abuela, con voz temblorosa, dijo que nadie la tocara.
—Si la despiertan ahora… podría no volver —murmuró.
Nadie entendía a qué se refería.
El cuerpo de Julián ya no parecía tan pálido; un leve color volvió a sus mejillas, y aunque no respiraba, todos sintieron una presencia viva en esa sala.
Camila sonrió.
Entonces, con un hilo de voz, dijo algo que heló a todos:
—Papá dice que me vaya con él… que allá no hay tristeza.